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Chiloé: La “cosecha” de producir para millones en el extranjero

Foto: Ricardo Álvarez

Foto: Ricardo Álvarez

 

A propósito de lo ocurrido recientemente en Chiloé, se ha generado una intensa disputa comunicacional para dar cuenta del problema que afecta a la industria salmonera, a la pesca artesanal y las comunidades costeras de Chiloé. Protagonista del discurso es un gran evento El Niño (nombrado este año por la NASA como un Niño Godzila). Desde el año pasado sabíamos que se presentaría de forma excepcional, y tal como ha ocurrido en la larga historia de este fenómeno climático, las consecuencias socio-ambientales han sido devastadoras. También se ha señalado que el vertido de mortalidad en altamar no incidió en lo que ocurrió en canales y costas del Pacífico. Más bien, los salmones fueron víctimas (como muchas otras especies de peces, crustáceos, moluscos, aves y mamíferos marinos) de las FAN (floraciones algales nocivas), de la falta de oxígeno y aumento de la temperatura del mar.

La complejidad del problema requiere tiempo para encontrar responsables. También requiere tiempo para aclarar aguas y permitir que el modelo de intervención aplicado por el Gobierno para paliar el problema mejore sustancialmente. Señalamos esto pues lo que se advirtió fueron diálogos con una parcialidad de actores y decisiones extremadamente centralistas y economicistas. Protagonistas de esta negociación: bonos de corto plazo entregados por autoridades de Gobierno central sin importar acuerdos globales, y buenas intenciones para conformar mesas de trabajo. Llama la atención la invisibilización de autoridades comunales y regionales, y la ausencia de mujeres en los ejercicios de negociación y acuerdo.

El problema es que con tanta información cruzada, decisiones apresuradas y ansiedad, nos olvidamos de que llevamos décadas bajo un modelo de desarrollo que ha dañado no sólo los paisajes de vida de esta región, sino también nuestra credibilidad sobre los otros y otras. Los conflictos post bonos expresan desconfianzas en un escenario que se inició, contrariamente, bajo una imagen de solidaridad colectiva.

El problema de fondo

No podemos olvidar que, a pesar de que hoy en día el problema se asienta en moluscos que no pueden ser consumidos y comercializados, lo subterráneo yace en que los canales, fiordos y océano del sur austral están más que tensionados por décadas de malas prácticas acuícolas, y la sobre explotación de especies para ser transformadas principalmente en harina de pescado (que finalmente se transforma en alimento para salmones). Varias décadas de producción desregulada y enfocada en la maximización del volumen producido nos ha heredado un ambiente deteriorado en el mar interior de la región, con algunos sectores que, dada su alta concentración de materia orgánica, en condiciones ambientales de un “Niño Godzila” se convierten claramente en el caldo de cultivo perfecto para las floraciones más diversas, incluyendo las nocivas.

El escenario en que están ocurriendo los acontecimientos está condicionado por factores de distintas escalas que se integran y potencian. Más aún si consideramos que en las próximas décadas se reiterarán fenómenos de El Niño en el marco del cambio climático. En ese contexto, sus apariciones serán probablemente más fuertes en sus manifestaciones. En cada uno de estos eventos las comunidades biológicas que habitan estos ambientes marinos se verán sometidas a modificaciones, y si seguimos empobreciendo los hábitats en los que viven, se refugian y reproducen, podemos llegar a generar cambios en la distribución de las especies que son irreversibles. El problema radica en que hemos llevado el modelo de malas prácticas hasta los lugares más remotos, restringiendo las posibilidades de que esta vida marina soporte estos cambios junto a nosotros, o nosotros junto a ellas.

Hasta ahora, a la comunidad de profesionales chilenos le ha costado mucho trabajar con los habitantes del bordemar. Buena parte de los estímulos para hacerlo se sustenta en convertirlos en emprendedores que deben competir por espacios y mercados (¡y después nos preguntamos por qué está tan debilitado el tejido social!). Lo paradójico es que con técnicas básicas de repoblamiento se podrían recuperar praderas intermareales, capaces de sustentar el autoconsumo local y economías de escala local. El problema es que el deterioro ambiental se debe a que el uso de nuestros recursos se orienta a satisfacer el consumo de millones de personas en el extranjero, entre ellos Japón, Estados Unidos y la UE (por cierto, no alimentamos a los más pobres).

Si la meta y el eslogan es convertir a Chile en una potencia acuícola, cabría preguntarse quiénes son los que realmente obtendrán los réditos de tan rimbombante título de nobleza. Tan solo pensemos qué hubiese ocurrido si los 23 millones de salmones muertos en estos últimos meses hubiesen sido exportados… Pensemos que la crisis no ocurrió: ¿cómo se distribuyen los 500 a 800 millones de dólares que se estiman como pérdida en el país? El paisaje social que observamos en torno a la opulencia de los pontones y las jaulas salmoneras con frecuencia nos muestra viviendas precarias, pobreza en los espacios públicos y familias de bordemar que persisten en formas de vida consuetudinarias. Los empleos directos e indirectos asociados a esta industria también son precarios, en ocasiones denigrantes.

Foto: Ricardo Álvarez

Foto: Ricardo Álvarez

 

El contraste entre un sistema productivo con una capacidad destructiva brutal, y uno basado en la reproducción de la fuentes de su propia autosubsistencia es evidente. Nos han convencido que la industria representa una mejora innegable para el país, ¿pero qué país?… seguramente Chiloé y la región de Los Lagos no forma parte de ese país. Las malas prácticas de las empresas que crían salmones en nuestras aguas tienen directa relación con nuestras febles políticas ambientales, y una clase política que habita un país distinto. Lo peor de todo: las externalidades negativas de esta industria son costeadas por municipios pobres y gobiernos regionales (sobre todo la cesantía). Además, un alto porcentaje de cesantes migra hacia la pesca artesanal, tensionando aún más a este sector.

Esperamos que declinada la tensión, pero con los problemas basales intactos, las autoridades del Gobierno –incluyendo al Ministro Coordinador- tomen medidas claras y efectivas en orden a cambiar de una vez por todas el modelo de producción de la industria, ambientalmente destructivo y laboralmente precario (de otra forma no se explica que cada crisis sea enfrentada básicamente con despidos masivos). No es posible que autoridades nacionales y regionales transiten por la industria con puestos gerenciales y luego retornen al Estado, o que estos territorios, sus comunidades y gobiernos locales sean destruidos para subsidiar una industria que claramente no ha sido sustentable ni parece serlo a futuro.

Por otro lado, la pesca artesanal debe percatarse de que lo que les ocurrió demuestra su alta vulnerabilidad ante eventos inesperados, su débil tejido interno, y reconocer que excluye con frecuencia a muchos de los suyos y suyas a la hora de negociar. Exigir respuestas basadas en bonos y delegados presidenciales no soluciona el problema (por el contrario, los vulnera). Hoy en día, gracias a este crudo modelo extractivista, nuestros peces y mariscos están orientados a satisfacer la voracidad de mercados en países desarrollados en desmedro de quienes vivimos aquí.

Foto: Ricardo Álvarez

 

Nuestras normativas pesqueras facilitan la transformación de nuestra riqueza biológica en harina de pescado, insumo en la fabricación del alimento para salmones. Si se sigue esta cadena, miles de toneladas de jureles, transformados en pellets, terminan en un filete de salmón en Miami o en una lata de salmón para gatos. El discurso original de la salmonicultura: mitigar el hambre mundial, generar trabajo digno y revertir las malas prácticas de la pesca eran parte de un guión distinto a la película que estamos viviendo, y constituyen no sólo una farsa, sino además una expresión terrorífica de la destrucción del bien común.

Si el compromiso de la clase política gobernante y de los sucesivos gobiernos es continuar favoreciendo esta industria -y en otros escenarios, a favor de empresas equivalentes-, todo parece indicar que ha llegado la hora de construir nuevos espacios de gobernanza, una gobernanza con enfoque de derechos en la que sean protagonistas transversalmente todos quienes habitamos el país, trabajamos, investigamos y recorremos las costas del sur austral de Chile. Ya no se trata exclusivamente de la pesca artesanal, el compromiso con Chiloé, Calbuco, Relocaví, Aysén e incluso Magallanes es un compromiso con Chile y con nuestro planeta. Es importante poner atención a figuras costeras que han sido invisibilizadas, como los ECMPO (Espacio Costero Marino de los Pueblos Originarios) pues su intención no es exclusivamente comercial, si no que -por el contrario- retomar el uso comunitario y diverso de las costas. Nos importa a todos porque es problema de todos y exigimos que las medidas que se tomen partan desde esta mirada y no desde conceptos funestos como “competitividad”.

 

Columna de Ricardo Álvarez, antropólogo y Encargado de Propuestas País de Fundación Superación de la Pobreza – Los Lagos; Claudia Torrijos, bióloga marina; y Gonzalo Saavedra, antropólogo.

Publicada originalmente en El Ciudadano.