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OPINIÓN | La institucionalidad y la naturaleza, por Leonardo Moreno

Cabe preguntarse por qué nuestro país no ha podido ser empático y transparente con sus compatriotas en el proceso de intervención económica de territorios donde claramente se ha mantenido o ha aumentado la pobreza (material y multidimensional).

Personas transitando por vía principal, ribera del Queuco, en la comunidad Pitril,  Alto Biobío.

Personas transitando por vía principal, ribera del Queuco, en la comunidad Pitril, Alto Biobío.

Columna de Leonardo Moreno, Director Ejecutivo de Fundación Superación de la Pobreza, en Estrategia.

 

La tensión que nuestro país no logra resolver respecto de su modelo de desarrollo queda en evidencia – al menos para la opinión pública – cuando los medios de comunicación amplifican la información sobre casos “emblemáticos”, que a nuestro juicio, nos están mostrando, cómo una vez más, la legislación y la institucionalidad quedan a la retaguardia de los efectos objetivos y subjetivos en la población de grandes proyectos productivos en los territorios.

Barrancones o Dominga, son excepciones producto de estrategias políticas. En general, con sistema de evaluación de impacto ambiental o no, Chile ha dicho sí a la gran inversión productiva – extractiva durante toda su historia. Y hoy, querámoslo o no, diversas formas de pobreza material y multidimensional se expresan producto de su impacto. No sólo se ha sacrificado el medioambiente, sino que también el bienestar de las personas y la cultura de las comunidades. Veamos dos casos extraídos de estudios recientemente publicados por la Fundación:

Archipiélago de Chiloé. Luego de las “fiebres” de los 80 (del loco, la merluza, el pelillo), en los 90 llegó la industria de la salmonicultura acompañada de la Ley de Pesca y Acuicultura que generó dos shocks culturales importantes: la privatización del espacio marino que afectó a comunidades que siempre consideraron al mar como un bien común y la afectación a la actividad de la pesca artesanal, en favor de una industria que pasó a controlar por completo un ecosistema, un ciclo productivo y el quehacer de las personas. Los pescadores, agricultores y sus hijos, dejaron sus quehaceres tradicionales para trabajar en la industria, que antes de 20 años ya estaba en crisis. Toda una generación y más, había perdido sus saberes como habitantes insulares y no pudieron recuperar lo perdido. Hoy la zona vive una crisis de vulnerabilidad y la comunidad ha tenido que implementar estrategias de supervivencia que nunca fueron propias de ese hábitat. ¿Valió la pena?

Conos cordilleranos del Biobío. Una zona altamente estresada social y ambientalmente por las industrias energética y forestal que siguen expandiéndose. Si nos centramos en esta última, la actividad forestal, tenemos que la percepción de los habitantes es que esta industria ha generado una suerte de “desierto verde”, donde se han visto afectados el paisaje, el suelo, el agua, el aire, la flora y la fauna, con una actividad invasiva que genera mínimos beneficios locales y que los mantiene en constante riesgo de incendios, de contaminación, de despoblamiento (tener que migrar). Prevalece el malestar por las promesas incumplidas de trabajo y bienestar y están presentes relatos que asemejan este proceso al de una catástrofe ambiental, pero que se experimenta a diario.

Cabe preguntarse por qué nuestro país no ha podido ser empático y transparente con sus compatriotas en el proceso de intervención económica de territorios donde claramente se ha mantenido o ha aumentado la pobreza (material y multidimensional). Tal parece que las “zonas de sacrificio” son muchas más que las conocidas por la prensa. Sin tomar mayor conciencia y siempre con cálculos políticos y económicos, estamos tomando decisiones irreversibles y sacrificando Chile territorio a territorio. Pese a nuestro nivel de “desarrollo”, no hemos sido capaces de construir como sociedad un modelo técnico, económico y socialmente sustentable de desarrollo que comience por escuchar y considerar a las personas que habitan los distintos territorios, proteger el ecosistema y valorar el saber local.