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OPINIÓN | Los otros efectos de no votar, por Leonardo Moreno

A dos semanas de las elecciones presidenciales, parlamentarias y de cores, el mundo político está preocupado. En parte por sus propias campañas, mediciones en las encuestas y contextos internos, pero también en gran medida por el fantasma de los procesos electorales en nuestro país en la última década: la abstención.

Como lo refleja la medición del PNUD, mientras que la participación electoral en América Latina ha aumentado desde 1990, de un 63% a un 71%; en Chile la caída ha sido estrepitosa, de un 87% en 1989 a un 51% en 2013. Hay más de 1 millón y medio de chilenos que pudiendo votar no lo hacen, en circunstancias que la población en edad de votar aumentó casi 5 millones.

Más allá de los números y sus efectos en la balanza política – muchos esperan una abstención altísima nuevamente este 19 de noviembre – tenemos que hacernos cargo como país de los otros efectos de no votar, que van más allá del color del gobierno de turno. La desafectación política de la ciudadanía chilena debilita la democracia en un proceso que, en el mediano plazo, no parece tener piso. ¿Cuánto afecta la vida a las personas el hecho que “las instituciones funcionen”, más allá del sistema político? ¿Están pudiendo los chilenos elegir la vida que quieren vivir, en todas las dimensiones del bienestar humano?

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Debilitar o deslegitimar la democracia a través de la abstención electoral no es sólo un problema político, sino social. El individualismo nos afecta y afectará a todos en lo personal, aunque no lo percibamos de manera inmediata. Creemos que la vida propia no va a tener cambios relevantes dependiendo de quién salga electo a nivel nacional, distrital o local, y es por ello que se decide simplemente no asistir. Y el ¿todos?, ¿y el nosotros? ¿Y el sentido de un futuro compartido? Tenemos que preguntaros cuándo nuestro sistema de vida individualista y atomizado nos permitirá salir del umbral y pensar en comunidad.

La participación representa una necesidad consustancial a la existencia humana. No participar, o hacerlo a través de satisfactores inadecuados, podría evidenciar situaciones de irrealización humana o engendrar ciertas patologías sociales. Y es así como una democracia débil se encuentra a la base de una sociedad más pobre, excluyente y fuertemente desigual, donde unos pocos deciden lo que debiéramos acordar entre todos. Aquí radica la importancia de tomar en cuenta campañas como la de “Ahora Vota” del PNUD, que busca efectivamente, enfrentar un problema de todos, pero partiendo por entender primero que sí es un problema, y luego, que es compartido. Sabemos que en el mediano plazo no se revertirá la desconfianza hacia las instituciones y los grupos que detentan el poder, los poderosos seguirán teniendo el poder, pero la ciudadanía no puede permitirse perder su poder y su espacio de participación en las decisiones públicas. Primero porque costó recuperarlo, y luego porque es un instrumento para educar a las nuevas generaciones y una herramienta de construcción de futuro y de comunidad.

Las elecciones son una de las cada vez más escasas instancias donde todos podemos participar como iguales en un acto relevante para la sociedad. Entonces, junto con promover y potenciar otras participaciones en diversas decisiones comunitarias y sociales relevantes, tenemos que reconquistar el modo electoral de participación y hacer valer la opinión verdadera de la mayoría.

 

Publicada en Estrategia.