Por Rodrigo Jordan
Fundación Superación de la Pobreza
Columna aparecida en Estrategia
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A muchos nos duele cuando nos enrostran una verdad que negamos o que no queremos aceptar. A las sociedades les sucede lo mismo y parece que en la nuestra, las "verdades" ya están encima de la mesa. Cuando sucede algo que descorre el velo, queda en evidencia el inmenso resentimiento social como realidad subjetiva a lo que se suma la injusticia social, que objetivamente se expresa de una y mil formas, en la vida cotidiana de todos los chilenos.
2011, año en que se registró gran cantidad de manifestaciones ciudadanas, se anotó en la historia como el momento en que los chilenos no aguantaron más: la torta está demasiado mal repartida. Unos viven a nivel de "otro Chile", y el 80% de las familias se las tiene que arreglar con poco. De ellas, al menos la mitad, con muy poco. Y eso duele.
Por eso fueron los estudiantes los que primero salieron a la calle a reclamar por una promesa de profesionalización e inclusión que resultó ser un espejismo. Nos enrostraron una dolorosa verdad que abrió los fuegos. ¿Qué tipo de desarrollo queremos? ¿Cuánta injusticia social estamos dispuestos a tolerar?
Por todo este proceso que sigue viviendo Chile, los ánimos están agitados en torno al tema de la injusticia social. Las diversas polémicas sobre "las nanas" discriminadas por su oficio en ambientes de elite económica tuvieron su punto de máxima tensión en las declaraciones de una "vecina" de Chicureo que después se supo habían sido "editadas" sin ninguna ética periodística.
Además de repudiar el linchamiento del que fue víctima en las redes sociales y más allá del juicio de cada uno sobre la connotación precisa de lo que quiso decir o de lo en realidad piensa, si ve con menosprecio el oficio de nanas y obreros, o si representa todo lo que la sociedad abomina de la elite, no es posible culparla de ninguna de las anteriores, en función de la entrevista (completa) que dio a Chilevisión. Sin embargo la polémica se instaló y aquí tenemos una sociedad dividida, con poca capacidad para expresar las ideas con respeto, a merced de periodistas sin ética, y (esta es la verdad más dolorosa) con un inmenso resentimiento social, recíproco, entre aquellos a los que les han llegado las tajadas más grandes de la torta versus aquellos que no ven ni las migas.